viernes, 13 de marzo de 2009

Trento-San Sebastián y de cómo atravesar Francia sin ser visto

Hace cuatro días partí de Trento. Habría preferido hacer un itinerario más cosmopolita, visitando Praga, Bruselas, París, Bordeaux, y luego terminar aquí, mirando el Cantábrico desde los acantilados. No ocurrió porque los recursos cada vez son más escasos (la fuerza y el ánimo, por su parte, van en aumento) y opté por una ruta más modesta. Trenes regionales hasta Génova, una Génova que había que ver a las prisas. Total, qué importa no conocer los inumerables monumentos a Colón o el Museo del Mar, que ¿cómo se llamaba? ¿Galatea? (Recuerdo de malas experiencias: en Barcelona me estafaron 17 euros por visitar un decadente acuario del Mediterráneo con tristes tiburones confinados a diez metros de cristal a cristal. Ya saben que esos animales tienen que mantenerse en movimiento para no morir asfixiados, y ahí, en sus diez metros, ¿cuántas vueltas no habrán dado mirando las mismas rocas, las mismas algas de hule, los mismos peces aburridos que deambulan junto a ellos, ya sin ánimo de protestar? ¿Cuántos ojos estúpidos no habrán tenido que soportar? ¿Cuántas fotografías? Si alguna vez tuvieron, el alma se les ha asfixiado para siempre. Daban ganas de romper los cristales con un mazo y acabar con su miseria.., Pero me he prometido, desde entonces, no volver a poner pie en un acuario, y si algún día tuviese el poder -o el dinero- los prohibiría para siempre. Es una locura cambiarles el mar infinito por esas peceras horrendas.. Pero también estaba ese pulpo. Ese pulpo enorme e iracundo. Cuando me acerqué me miró con furia marina y dio un salto ¿será un salto?, pálido como el mármol, para luego descender flotante mientras hinchaba su cabeza y agitaba sus tentáculos, como conjurando mi partida. Por ahí leí que los pulpos se tornan blancos cuando están asustados o enojados; así que me quedé quieto, de rodillas, tratando de explicarle que no quería hacerle daño, que lamentaba mucho esa vida que llevaba, que si por mí fuera me lo traía en la mochila para devolverlo al mar.., y poco a poco fue tornándose rosa, púrpura, violeta, y al fin, tranquilo, se durmió. Por alguna razón no pude hacer otra cosa que escribir en mi libreta: "El pulpo es Dios". Luego me fui tristísimo). Por lo demás, mi planeación no fue muy buena y hube de pagar 30 euros por una noche en un hotel con cuartos como salchichas saturados de luces rojas y sin agua caliente. La porca vita. Supuse que no habría de hacerlo otra vez. ¿El único consuelo? La habitación era la número 11.

Las promesas no cumplidas, dijo alguna vez Bunbury. Al día siguiente partí rumbo a Nice, en territorio francés. La ruta proyectada era Nice-Marsella-Toulouse-Bayonne.

Otra vez la mala planeación me jugó una pasada (cuestiones de partenze y cosas así que no pienso explicar) y tuve que llegar a Ventimiglia, todavía en territorio italiano. Pero vaya pasada, ¡una belleza! Apenas 15 minutos después de mi llegada cerraron la taquilla, justo el tiempo suficiente para comprar un billete para el tren de medianoche a Nice. Eran las 7. A explorar entonces. Y ¡Puf! Ventimiglia es un pueblito en donde el Roia llega a unirse al mar, pero nunca había visto yo un lugar más limpio o respirado un aire más cristalino. Al borde del malecón un parque lleno de sauces llorones y árboles de la bella sombra. Dos o tres personas por ahí, dejándose vagar por el viento de las colinas junto a sus perros. Y el mar bajo la luna llena. Ah, qué cursi era todo. Y qué bello es a veces lo cursi. Me fui a un rompeolas a escribir fragmentos de una carta que apenas unas horas atrás envié a un vicolo en donde habita quien me hizo pasar tres semanas de absoluta felicidad. Y, así, en resumen, me deshice mirando a un par de cisnes sobre el cauce del río, a veinte metros de la playa; y más allá, justo bajo el puente, una familia de patos que discutían sobre la crisis y el fraude del Nasdaq. Y tantos más detalles que no puedo contar porque me tomaría toda la noche y el día, y la noche del día al día siguiente. Ahí que Huidobro me disculpe.

Después, otro error. El tren a Nice hacía sólo una hora. Estaría allá, en territorio francés, a la 1 am. Maldita sea mi suerte, pensé. Imaginaba una noche más mitad dormido y mitad vigilando mis cosas en la estación. Cerrar los ojos alternadamente, amarrarse las cosas a las manos, al cuello, ponerse una alarma, algo que.. Habría sido mejor hacer este viaje acompañado, pensaba. En algún tiempo, incluso, hubo brotes de planeación, como con Paco (merda la mala fortuna, un abrazo para vos, y gracias por el premio y por todas esas góndolas); con Daniel habría sido quizá, tal vez, a lo mejor, quién sabe.., o con Jaime, si nuestros caminos se cruzaran en otros momentos. De sueño en sueño, aún, con Ella, un delirio de Cortázar. Pero no era así. Estaba solo, camino a Nice, esperando lo peor. Y lo peor ocurrió. En Nice la estación de trenes la cierran después de que ha llegado el último tren de la noche, y ése era el mío. De patitas en la calle, damn.

But Nice is nice. Encontré por azar un hostal atendido por un par de viejitas que datan de la entre-guerras, muy lindas en sus camisones rosa y a rayas, desdentadas y medio ciegas, tratando de entenderse con este mejicano apestoso y agotado. Oui, oui, decía yo a tantas explicaciones. ¡Sí, quiero la cama, quiero dormir! Y ellas proseguían a mostrarme las instalaciones. Era madrugada, yo estaba en medio de una ciudad desconocida, sin hablar el idioma y ni un mínimo de ganas de averiguar si había mejores opciones, pero aún así sentían que necesitaban convencerme. You got me since 17 euros, pensaba yo, sonriente y asintiendo. Oui, oui. Merci, merci. Un baño hirviente. A dormir, a dormir, la nuit, la nuit.

Otra vez tantos detalles que no contaré. Supngo que es momento de hacer una aclaración. No escribo todo esto por partes o preocupándome por ser más específico, ameno o conciso porque mañana inicio el Camino de la Costa, camino que ha de llevarme, en no sé cuánto tiempo, hasta Compostela. Y si las cosas funcionan como voy a hacerlas funcionar, no tendré acceso a internet en unos 14 ó más días. Así que embutiré todo aquí, para que los que se sirvan amablemente de visitarme, puedan tener algo que leer en lo que yo me parto el lomo y los pies caminando 600 kilómetros desde San Sebastián hasta Santiago; feliz, hay que aclarar.

Nice, anyways, was very nice by day.

Lo siguiente no tiene mucho chiste. Me compré un billete hasta Bordeaux. 12 horas en tren de noche, atravesando el país de mis ancestros, sin verle ni las estrellas. Así sea, pensé mientras me acomodaba para dormir. Al llegar a Bordeaux, la estación me esperaba con una grata sorpresa: douches por 3 euros. ¡Viva la France! Dado el baño, fresco ya del trayecto, un cafecito haciendo tiempo para mi partida a Irún, la orilla del país vasco. De Irún (la última estación a la que llegan los trenes franceses) tomaría el Renfe hasta San Sebastián. La vista de la Francia campirana, bordeando plantíos de pinos y de otras cosas que no tengo idea. Casitas de teja y villas lujosísimas enclavadas en las laderas. Todo verde y húmedo con la entrada de la primavera. Más allá, todos los detalles que no voy a contar.

En Irún me increpó la policía fronteriza, pero con la breve muestra del sello español en mi pasaporte no tuvieron más que inclinar la cabeza y darme la bienvenida. Hola, España. Casi un mes después, estaba de vuelta. Luego, Renfe a San Sebastián.

Debo confesar que la decisión de venir a San Sebastián es en parte culpa del Sr. Chinarro (escúchese Del montón). Pero buena decisión ha probado ser. Me estoy hospedando en un hostalito muy bizarro atendido por una pareja de cubanos y cuyas dueñas, un par de cuarentonas solteras que se dedican a lujuriar con los inquilinos más guapos, me han dicho que soy una copia de Alberto Cortez, lo cual me parece una canallada. Pero es barato, uno se siente como en casa de sus tías, con acceso a la cocina, a la lavandería y etcéteras diversos. Además (y esto no lo sabía), está el Camino de la Costa. ¿Se puede pensar en mejor suerte para alguien como yo, amante de los acantilados y con este ánimo absurdo de caminar largas distancias cargando kilos de inutilidades como mula hasta una ciudad cuya fama proviene de los restos de un tal Santiago, apóstol, en el cual no creo? Pues yo no. Además hay un castillo, Motako Gaztelua (Castillo de la Mota, en euskera), el cual he visitado esta tarde y me ha parecido precioso.

Así que, al final, estos cuatro días han sido muy entretenidos y he acumulado tantas cosas por contar que quizá algún día tenga el valor de fijarlas en papel y, si algún incauto por ahí desease leerlas, buena fortuna tendré.

Un abrazo a todos ustedes. Espero que estén muy, muy bien, y deséenme un poco de suerte, para que al menos mi rodilla mala no se me rompa en tres.

Llegando a Santiago de Compostela me reporto. Agur.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Un abrazo fuerte fuerte para tí.
Buen camino

jennivora dijo...

wow, no había visto este blog. suenas feliz, lo que me ha puesto feliz en un día muy deprimente en que me compré una cajetilla carísima de lucky strikes sin darme cuenta de lo que hacía.

Baliza de Beda dijo...

Había girado varias veces sobre mi misma... no sabía que escribirte (además de que te extraño y que me alegra saber que estás bien).
Opté por lo simple: Regresa con bien y con mucho que contarme.

Te quiero

Pac Morshoil dijo...

Después de un buen rato sin acceso a la red (tampoco puedo decir que me preocupé por conseguirlo), regreso lo leo tan bien... De alguna manera sí estoy yo por allá. De alguna manera estamos todos. Porque, sí, hoy estoy de cursi, y porque no sé por qué el domingo me sorprendió pensando en usté, y porque todo lo demás. Estaba pensando en la construcción y la repercusión ulteriores de todo lo dicho, lo escrito (gondólico otra vez)...

Un abrazo fuerte.