A caballo entre Ponta de Sagres y Cabo São Vicente, Jeûne ha encontrado una caverna de proporciones exactas al volumen de su cuerpo, elevado a π, y cuya fauce observa el Atlántico a 248°, o si usted lo prefiere, al SSO, y se podría presumir que desde ella, si aguzamos la mirada, podríamos hacerla tropezar con el canal de Panamá. Mas, enclavada en la caliza a unos tres o cuatro metros por debajo de la superficie caminable del acantilado, ameritaba una búsqueda minuciosa siquiera para sospecharla. A la caverna, por supuesto, si comenzaba a confundir, y ya por lo demás que no le iba por celarse. Había estado ahí (fuese geólogo y no ornitólogo, Jeûne lo sabría) desde el Plioceno, y con el paso de las eras continuó estrechándose a la pared del precipicio como un crío koala que busca resguardo en la marsupialidad de su madre. Marsupialidad aparte, Jeûne se encontraba al acecho de un avefría de particular cresta, más próxima al pajizo de la abubilla que al templado azul del cielo alentejano, cuando se hizo por recordar a Itis, suculento manjar de reyes y doncellas que en otras épocas fueran torneadas en aves para perpetuar sus angustiosos destinos, y rió por lo bajo ante dichas ocurrencias.
Escindido, porque Jeûne figura su origen en un recorte puntual que, aunque por una mano de ligera y asíntota cadencia ejecutado, muy a su pesar (suponga de favor una mano proba y abemolada, trémula en las calles de Harlem, rusta quizá entre la sombra y el destello de la calle 125), no logra corregir en su novel razón lo que de molde ha tenido, y acaso tendrá, la Historia, así con mayúscula, para proceder de perfil más tenue, más verosímil, y explicar aquel doblez primero que ahora lo duplica, multiplica y exponencia, para arrebujar un logro más bien modesto y hallarlo en silencio, acuclillado, al acecho aún de aquel avefría, el Tereo que su despertada imaginación evoca, vacuo de memoria o protogénico, avergonzado de su desnudez, trunco, sinonímico y obsoleto, sin otra cosa que hacer sino permanecer escindido como una secuencia de papel que estampa figurillas humanas, acaso por tener cuatro extremidades, tronco y cabeza, en bidimensional acordeón, totalmente inmóviles, permaneciendo a la espera.
Así, y por ello, entre ingenuo y volátil, Jeûne pasaba las tardes observando gaviones y alcatraces, págalos y chorlitos, entre otros y entre arbustos, con esa despreocupación del tiempo que se escarcha con cada aleteo, de raquis a vexilo, al entrar la primavera.